Las dos caras de la moneda, por Ernesto Schoo (La Nación, Diciembre 2005)
Al margen de la crítica -ya practicada aquí, oportunamente, por nuestros colegas del área-,
dos espectáculos de la frondosa cartelera porteña permiten entablar un contrapunto interesante: cómo tratar un mismo tema
(o muy similar) desde dos ópticas distintas y preguntarse cuáles serían las razones de esta diferencia: ¿ambientales, culturales, históricas, antropológicas, genéticas?
Porque la estructura de "Siesta" (en una sala de nombre improbable: No Avestruz) y la de "Harina"
(en el Teatro del Abasto) son muy semejantes. En ambos unipersonales, una mujer todavía joven, entregada a tareas propias de
su sexo (como solía decirse en tiempos patriarcales), reflexiona sobre su vida, sus amores, sus vecinos, la incesante oscilación entre el placer y la desdicha, el transcurso inexorable del tiempo, recuerdos de infancia, temores, olvidos.
"Siesta", sobre textos de la poeta brasileña Adelia Prado, es el monólogo de un ama de casa mientras se cose a máquina un vestido, el mismo que lleva puesto, lo cual complica sus movimientos. Luces, colores, accesorios, banda sonora, todo contribuye a crear la ilusión del pleno sol, el calor, la modorra de un mediodía tropical. Impregnado de una fresca, inocente sensualidad, el discurso exalta las sensaciones táctiles, las añoranzas de una carne todavía dispuesta al placer, sin rastros de culpa ni de perversión. Apenas una vaga melancolía se insinúa, al pasar, como el presagio de que también ese paraíso será perdido.
"Harina" es todo lo contrario. Aquí, en la vastedad sin límites de la llanura bonaerense, en una casa destartalada, otra mujer evoca el pasado, cuando el tren mantenía unido al pueblo con la gran ciudad lejana y con otras pequeñas comunidades, todas parecidas y todas en trance, hoy, de desaparecer. Porque el tren ya no pasa más, los yuyos invaden los rieles oxidados, la estación -antes, el centro de actividad y el referente mítico de los pobladores- es una cáscara vacía que se deshace.
Esta mujer es la panadera del pueblo. Desvelada, en la alta noche sigue ejerciendo su oficio y, mientras habla de su infancia, sus padres, sus amigos, sus maestros, da recetas para mejorar la calidad del pan, elogia los sabores de antaño. Aislada en su casa de las afueras, cerca de las vías, campechana, no para de hablar en diálogo consigo misma, como las personas solitarias cuando nadie las escucha. De vez en cuando cree oír el traqueteo del tren, su "silbido de adiós" (como dice Homero Manzi en "Barrio de tango"). Simpática, su parloteo suscita a menudo la risa. Pero la tristeza está siempre ahí, acrecentada cuando evoca los nombres pintorescos de las mínimas poblaciones que jalonaban el trayecto del ferrocarril.
Las situaciones se parecen mucho en ambos monólogos. No podrían, sin embargo, ser más diferentes. Son dos sociedades distintas las que hablan, dos geografías diversas, dos climas opuestos. Ninguna novedad en esta comprobación. Pero pocas veces se tiene oportunidad de experimentarlo como en este caso, cuando el teatro es vehículo de una reflexión paralela a la reseña crítica. Tampoco es novedoso el cotejo de dramaturgias: era lugar común, a comienzos del siglo XX, oponer, por ejemplo, el teatro francés, supuestamente más ligero, al ruso o al alemán, considerados más densos y filosóficos, o denostar a Oscar Wilde para encumbrar a Ibsen. A fines de esa centuria, las cosas ya no eran tan claras; géneros y estilos se han mezclado; los límites entre las diversas disciplinas del espectáculo ya no son estrictos. Subsisten, sin embargo, diferencias de tono -más que de fondo-,
de las que son testimonio las dos piezas comentadas en esta nota. En realidad, la protagonista brasileña y la argentina coinciden básicamente en su discurso, sólo que con colores distintos.
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Por Daniel Mojica para elmurocultural.com.
Cuando la pasión està presente, la vida late. En la soledad de una habitación, en la multitud de una plaza pùblica, en un
espacio escénico.
Paulina Rachid pone su pasión, su cuerpo y su alma para decirnos de todas las maneras posibles que su personaje necesita
amar y ser amada. Lo dice con su voz, con sus ojos , con sus manos, con toda su piel. Nada de ella queda afuera en esa siesta “...en la que el amor me pone tan simple, tan ìntima, tan a flor de piel...”
Sentirla en escena (porque no es sòlo verla) es una celebración para el espíritu, porque se ilumina como pocos son capaces
de hacerlo frente al pùblico.
Con una dramaturgia a la altura de su entrega y una puesta en escena simple, que posibilita la desmesura, la lujuria, la
timidez, el desborde y la contención que el personaje debe transitar para hacernos vivir lo que le sucede.
Los textos fluyen desde las entrañas de esta mujer que nos invita, nos exhorta y nos impele a sentir con ella.
Confieso que desde “Pestañas como agujas” estaba esperando la nueva producción de TATAMITEATRO. Valiò la pena esta espera.
No es comùn que la poesìa se adueñe del escenario y la platea, Tatamiteatro lo consigue. Es un espectáculo para disfrutar màs de una vez.
Por Daniel Mojica para El Muro Cultural.
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Pequeña música diurna, por Ernesto Schoo.
Siesta tiene todo el encanto de una pintura ingenua, transportada a un ámbito teatral sin perder nada de su frescura. En la
extremada sencillez está su gracia: en un espacio despojado, con apenas una pequeña máquina de coser (celeste) sobre una
mesa, una silla, un montón de mandarinas diseminadas por el piso y una escalera al fondo, un ama de casa evoca, a la hora de
la siesta -mientras cose en la máquina el vestido mismo que lleva puesto-, momentos de su vida. Reflexiona sobre sus
vecinos, a los que espía desde la azotea, come mandarinas, pinta barquitos sobre su famoso vestido (con el que termina
enredándose), cuenta cómo fue su casamiento, su vida entera.
Eso es todo. Y es, de veras, todo: el amor, la muerte, las frustraciones, las fantasías, el acoso del tiempo, el misterio de
ser. A través de las cosas simples de todos los días, rutinarias, se transparenta una sensibilidad poética muy refinada:
"Hoy estoy vieja como quiero estar. Sin ninguna estridencia. Cambié todos los deseos por recuerdos y una tacita de té".
Pero la sensualidad aflora siempre: "No necesito ser joven ni bella para atraer a los hombres y a eso que aguijonea en ellos,
como los zánganos". Desde la terraza, espía al muchacho de enfrente: "El muchacho terminó de comer y se escarba los dientes
en la terraza. Me parece feo escarbarse los dientes. El muchacho sólo hizo la primaria y habla tan mal que araña. Pero tiene
unas nalgas de hombre tan seductoras que me quedo amándolo perdidamente. Mi escote es profundo. El muchacho, hermoso: mi
deseo de él no muere".
Nada turbio en estas confesiones: todo es claro y limpio en las palabras de la poeta brasileña Adelia Prado, una sexualidad
tan natural como una fruta que se dora al sol e invita a comerla. Los textos se deslizan con tersura, dichos -y ejecutados-
con mucha gracia por la actriz, capaz de salir airosa del monólogo que abarca poco menos de una hora. Es voz, modulada como
un instrumento musical, y es acción física: inseparables. La luz, los mínimos elementos de utilería, el caudaloso vestido,
las mandarinas desparramadas en el piso, todo contribuye a crear la ilusión de una siesta en cuya languidez revive una
infancia, candorosa y a la vez apasionada.
Por Ernesto Schoo para Revista Noticias. Volver
El tiempo de la siesta por Sonia Santoro.
Me pone tan simple, tan íntima, tan a flor de piel el amor. Con esta consigna, Tatami teatro presenta Siesta, un
unipersonal, protagonizado por Paulina Rachid y dirigido por Deby Watchel, que recrea la tarde calurosa en un pueblo de
Brasil, donde una mujer gira alrededor de sí misma, recreando deseos y frustraciones.
Escena uno: Un pueblo. Una tarde de siesta calurosa en Brasil. En la mesa con maquina de coser, ella cose un vestido blanco.
Ella busca coser un poema. "El amor, el amor, el amor… te toma, te come, te moja /Toda / Más de una vez me ilusiono con
hacer un poema". Suspira. Ella está atada a una diminuta máquina de coser. Cosido su vestido, larguísimo, casi un emulo de
una cola de vestido de novia.
Siesta es un unipersonal protagonizado por Paulina Rachid, una pelirroja capaz de sutilezas deliciosas, actriz fetiche de la
directora Debi Watchel. Está inspirado en los poemas de la poeta brasileña Adelia Prado, con dramaturgia de Sol Lebenfisz y
la propia Wachtel, traducción de Fernando Noy, escenografía de Miguel Nigro y vestuario de Tramando.
Hay en Siesta mucha cosa de intimidad femenina, rasgos que habían asomado ya en Pestañas como agujas, la primera obra de
Tatami Teatro, la compañía teatral que fundó Debi Watchel, quien es también actriz, docente y directora de teatro para
niños/as.
Los sueños de una mujer que espera el amor, clásica si se quiere, pero mucho más "caliente" que una clásica "Susanita". Ella
quiere el amor, pero se conforma con las nalgas del vecino de enfrente. Lo espía cuando él no la ve: "El muchacho terminó de
comer y se escarba los dientes en la terraza. Me parece feo escarbarse los dientes. El muchacho solo hizo la primaria y
habla tan mal que araña. Pero tiene unas nalgas de hombre tan seductoras que me quedo amándolo perdidamente. Mi escote es
profundo. El muchacho hermoso, mi deseo de él no muere."
Por momentos ella quiere zafarse del vestido, por momentos lo adora. Lo adorna, lo llena de florcitas, palabras, dibujos...
son sus sueños, sus fantasías. Hay en su pasado un marido engañador, pero que ella vengó a puños y dientes, llevándose el
aplauso de las vecinas que se juntaron a ver el espectáculo.
Después está el humor, cómplice, también marca registrada de Watchel. Ella no es una mujer dramática. Intenta pero no le
sale. "Quería ser dramática y no lo soy. Eso me hace sufrir hasta ahora. Estoy como paja y nada me conforta / el amor hoy
está tan pobre, tiene gripe, mi aliento no está para salones". ¿Cuántos años tiene? No se sabe, pero no es joven ni tan
bella como quisiera. Aquí se agradece la plasticidad y firmeza con que Rachid maneja su cuerpo, que no cumple con lo que los
cánones de belleza actual.
Al final del día, después de haber dibujado con plasticola su vestido, estirado sus trasparencias hasta el límite de la
rajadura, ensuciado contra el piso sus manos y sus rodillas, llorado y reído con igual energía, saboreado hilos de coser de
todos los colores, ella se sienta con las piernas abiertas y come una mandarina. ¿Hay algo más penetrante que el olor de una
mandarina? ¿Y que una mujer sola, pidiendo que la amen? ¿Y que el tiempo eterno de una siesta calurosa? "En este exacto
momento el cielo está oscuro, hace frío, estoy fea, acabo de recibir un beso por correo. Los magos pasan en jet, la estrella
se esconde. Es domingo, como un domingo antiguo. Llueve torrencialmente en Brasil."
Por Sonia Santoro, para www.artemisanoticias.com.ar Volver
En una tarde calurosa en un pueblo de Brasil, ella gira alrededor de sí misma, dentro de un vestido blanco que lleva puesto.
Ella no lo sabe, pero el obstáculo que le impide viajar es un frágil hilo, en un punto, en una máquina de coser.
Una mujer anónima, se expone en su intimidad de ama de casa, en las adormecidas y silenciosas horas de la siesta. La pieza
aparece ante nosotros como un rito solitario, suave, acaso doloroso; sin embargo nunca trágico. Siesta nos conduce a espiar
la escena privada de una mujer cualquiera que, aún confinada –literalmente ligada a una existencia anodina-, encuentra
belleza en los pequeños componentes de su mundo, se interna en juegos imposibles, se formula preguntas incómodas, a veces
indecibles.
Como se encuentra fatalmente unida a su mundo, su enorme vestido se halla unido tan sólo por un punto a la
máquina de coser, el "viaje" que emprende la protagonista no puede sino ser alrededor de sí misma. Siesta se concibe en un
espacio escénico dispuesto a la altura del espectador, de modo de reforzar en éste la sensación de estar irrumpiendo en un
ambiente privado.
Al ingresar el público en la sala, la protagonista se encuentra cosiendo en su máquina, mientras conversa
distraída sola. El texto poético en Siesta se torna orgánico y accesible, circunstancia que enfatiza el hecho de que sea
puesta en boca de una mujer sencilla y desmesurada en su impulso vital.
Toda la obra exhala el halo del calor y la frescura
tropical. La compañía Siesta es la segunda obra que produce el grupo Tatami Teatro, surgido en 2002 con Pestañas como
agujas, con excelente repercusión del público y de la crítica. El nombre de la compañía define el tapete que amortigua los
golpes en las artes marciales. Tatami Teatro propone amortiguar los golpes y rebotar para adelante impulsados por un gran,
cómodo y mullido resorte creativo.
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Mujeres vistas por mujeres: Carolina Balbi, autora de Informe demiurgo, y Deby Wachtel, creadora de Siesta, hablan acerca de sus maneras de mirar los
géneros.
Carolina Balbi y Deby Wachtel piensan en la mujer.
“Pienso qué sentiría mi abuela en aquel tiempo, si habrá tenido alguna vez un orgasmo, si amaba y cómo amaba, si habló con
su madre de ello...”, se pregunta Carolina Balbi, dramaturga y directora teatral. Para ella no hay contradicción entre ser
mujer y escribir una obra como Informe demiurgo. La mujer sola y –lo que no es lo mismo– en soledad, en el silencio de sus
pensamientos, deseando al hombre del departamento de enfrente sin nunca decirlo, en ese mundo de ama de casa que se ha
construido, tan simple como intenso; el hombre que juega a descubrir los secretos de la mujer, a encontrar ese misterio,
irrepetible, irreemplazable. Estas y otras cuestiones son llevadas a escena por su obra y la de otra talentosa teatrista,
Deby Wachtel, en sus respectivas propuestas, para reconstruir mediante un lenguaje escénico –aunque con poéticas muy
disímiles– todo un universo femenino y abrir así el debate acerca de las (des)igualdades entre géneros.
Siesta –unipersonal de Wachtel inspirado en la poesía de la brasileña Adelia Prado que se presenta los sábados a las 19 en
el No Avestruz (Humboldt 1857)– expone la intimidad de una mujer anónima que cose su vestido en una pequeña máquina, al
mismo tiempo que trama sus palabras, que como las puntadas de su costura la atan cada vez más a su deseo y a su dolor. “Es
una mujer solitaria en un domingo a la tarde, a la hora del crepúsculo, horario en que todas podríamos suicidarnos de
tristeza”, explica su directora.
En el contrapunto de esta historia –retrato de una mujer que podría morir por la
frustración de no ser amada– se encuentra la obra de Balbi, que se presenta los viernes a las 21 en el Espacio Callejón
(Humahuaca 3759). La pieza construye a Sofía, la mujer ideal, “la prostituta y la santa”, única y a la vez todas las mujeres
en una, amada por tres hombres al mismo tiempo, pero construida como ausente. Porque Sofía jamás aparece en este supuesto
mundo atemporal en el que han quedado sólo tres hombres y, para continuar la especie, uno debe convertirse en mujer. “A
partir de este planteo inicial comienzo a abordar el imaginario femenino a través de la figura de esta mujer que amaron los
tres. Y como ella no está, ellos deberán reconstruirla con sus recuerdos, repetir la historia”, cuenta la directora. De este
modo, estos tres hombres intentarán ver el mundo con ojos femeninos, al mismo tiempo que una mujer –la autora– explora la
percepción masculina de la feminidad, en un doble proceso de “tomar el punto de vista del otro”.
“Me pareció interesante proponer este juego –explica Balbi–, y para llevarlo a cabo y pensar cómo construirían a una mujer
estos hombres me tuve que ir un poco para atrás en el tiempo, porque ahora están más desdibujados los límites entre géneros.
En el espacio que construí, lo femenino y lo masculino está bien delimitado: los hombres escriben, las mujeres sólo aman y
ellos son los que escriben sobre ese amor. Pero cuando uno, que se comió el diario íntimo de la mujer, repite todo eso,
descubre una palabra que es mucho más poética que la de los hombres.”
En esta construcción de la feminidad, ambas producciones se embarcan en una tesis acerca de las diferencias de género.
“Para mí lo femenino parte de una matriz: podemos crear vida”, expone Balbi. “La energía masculina –dice Wachtel– tiene que ver con el accionar,
con lo impetuoso y también con el intelecto, con lo racional; mientras que la femenina es más receptiva, siempre a la espera, propensa a la contención
y a cierto tipo de diálogo y de paciencia.”
Ambas directoras proponen, a su modo, reflexionar acerca de los roles sociales adoptados por cada género, pero no ya para
establecer una rivalidad entre ambos, sino para pensarlos como opuestos complementarios. “La batalla por el poder nos pone
en un callejón sin salida”, reflexiona Balbi. “La mujer tiene la posibilidad de dar vida, pero sola no puede, necesita un
espermatozoide. Tiene la capacidad, pero no el poder. Tampoco lo tiene el hombre, porque si no tiene dónde engendrar tampoco
puede. La sociedad nos ha confundido con esta rivalidad entre lo masculino y lo femenino. Mi obra no reivindica lo femenino
ni tampoco la igualdad entre los sexos, porque lo que se reivindica es esta diferencia que hace que nos necesitemos, como
complemento.”
En las dos producciones se abre el debate acerca de los distintos roles que la mujer fue ocupando a lo largo del tiempo y el
lugar de la mujer hoy. “Nosotras hace poco que hemos logrado cierta igualdad –explica la directora de Informe...–, pero
venimos de miles de años de no ser escuchadas. Así que por más que yo no tengo este problema, es un conflicto ancestral.” Y
en esta recuperación del universo femenino de éste y otros tiempos, las teatristas pondrán en primer plano lo más íntimo y
privado de la mujer.
“Es interesante ver las reacciones del público masculino viendo una propuesta femenina”, se ríe
Wachtel. “Con esta obra descubrí lo que piensan y sienten los hombres al acercarse a un mundo que desconocían: se
sorprenden, quedan conmovidos, pasmados, hasta intimidados. Muchos me dijeron ¡qué atrevida!, ¡qué sexual! Por su parte, las
mujeres se identifican y se emocionan”, relata.
En esta sociedad en la que, según Balbi, “tanto hombres como mujeres deben dejar de lado su parte femenina,
lo sensorial, lo más sensible, para funcionar”, ambas teatristas se animan a sacar a flor de piel todo el mundo interno de la mujer y sentirse realizadas con ello como profesionales y al mismo tiempo como representantes de su género. “Porque nosotras ya no le tenemos miedo a mostrarnos femeninas –afirma la autora de Informe demiurgo–, podemos ser independientes, trabajar,
hacer obras de teatro y también maquillarnos, ponernos tacos y mostrarnos lindas.”
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Gabriel Peralta para www.criticateatral.com.ar
SIESTA es una obra de Sol Lobenfisz y Deby Wichtel y dirigida por esta última.
Sentada frente a su pequeña maquina de cocer, una mujer va zurciendo palabras, hilando deseos y cosiendo frustraciones. El
tul que forma parte de su vestido nunca terminará de separarse de la pequeña maquina por más que la mujer camine, salte,
baile o se ponga debajo de la mesa. Ese mismo tul le servirá para mostrar o cubrir su cuerpo y como tela en la cual
escribirá o pintará las distintas sensaciones que le produce la presencia o la ausencia del amor.
Si se pudiera observar la tela al finalizar la obra se verá como en un friso los distintos momentos por los que el amor pasá por la vida de esta
mujer. Sus edades cronológicas se superponen: una joven mujer realiza un fervoroso y pasional pedido a Dios para que le
mande hombres, amor y esclavos. La misma mujer, convertida en niña, dibuja una casita con árbol, caminito y sol incluidos-
que habitará junto con su hombre ideal, luego recordará en su madurez el fin de la pasión.
Esta mujer siente, goza y sufre el amor desde las raíces de su cabello hasta las puntas de los dedos de sus pies.
La actriz Paulina Rachid posee un gran manejo de su cuerpo y una gestualidad que le permiten ir del fino humor y picardía hasta momentos de tristeza y melancolía.
A estas cualidades hay que agregarle su decir claro y fresco.
La escenografía de Miguel Nigro es bella y cuidadosa de todos
los pequeños detalles. El vestuario es un alarde de simpleza e imaginación, colocándolo a la altura de ser co-protagonista
de la obra. La directora Deby Wachtel, cual orfebre, engarza bellamente todos los elementos que conforman esta pequeña joya
teatral.
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Costurera sola bien se lame. La poesía de Adelia Prado en unipersonal vestido de novia.
“El amor, el amor, el amor.../ te toma, te come, te moja”, repite una mujer en la silenciosa quietud de una tarde de verano,
sentada frente una máquina de coser mientras da algunas puntadas a la larguísima cola del vestido blanco que lleva puesto.
Repite la frase buscando el tono justo hasta crisparse.
Así comienza Siesta, unipersonal que se presenta los sábados por las tardes en No Avestruz, una sala hippie-chic que
invita a sentarse en escalones y cómodos almohadones, como en el living de una casa. Durante poco menos de una hora, Paulina Rachid
(la adolescente del film El mundo contra mí, de Beda Docampo Feijóo, trabajo que le valió el premio Cóndor de Plata a la revelación femenina),
revela los deseos de sexo, amor y compañía de la protagonista con la transparencia típica de los chicos. Quiere que la quieran, quiere amor, y
lo expresa casi como si fuera un capricho, como un tesoro que le corresponde pero le fue vedado.
La dramaturgia se basa en poemas de la brasileña Adelia Prado y alcanza imágenes de una belleza potente y juguetona. “Soy de barro, soy loca, soy barroca/ Me desmayo sólo de estar viva”, pronuncia como suspendida en un cosmos irreal. Finas capas de gasa color marfil nacen de su cintura, interminables; y ella las trabaja en la máquina formando una figura que a pesar de su liviandad se cierra sobre sí misma.
¿Acaso está atada al universo solitario de la costurera? Pareciera, pero ello no le impide dibujar y escribir con
plasticolas de colores en el vestido de hada creado por el diseñador top Martín Churba. Muy expresiva y bonita, la
intérprete deshoja la intimidad de una chica desmesurada en su impulso vital (“Para el deseo de mi corazón, el mar es un
gota”, confiesa) en un viaje alrededor de sí misma.
Por C. P. (Página 12) Volver
De cómo disfrutar la "Siesta" de un domingo.
Quienes tuvieron la fortuna de ver a Paulina Rachid fluir, explotar, extinguirse en esa joyita teatral que fue "Pestañas como agujas" y no pasaron
por alto que quien la dirigía era Deby Wachtel sabrán saborear la idea de volver a encontrarse con un nuevo trabajo de este dúo.
Paulina les entrega el cuerpo y la voz a las palabras de la poetisa brasileña Adelia Prado y Deby, su mirada. Juntas hacen "Siesta", un pequeño encuentro poético teatral creado para "Ocho mujeres", ciclo de NoAvestruz que, cada domingo, saca a luz a poetisas latinoamericanas como Marosa Di Giorgio
(interpretada por Erica Rivas), Clarice Lispector (por Analía Couceyro), Silvina Ocampo (por Inés Saavedra) y Juana Bignozzi (por Rosario Bléfari), entre otras. A decir verdad, un verdadero lujo.
"Me gustó cierta liviandad de las palabras de Adelia. Su poesía es jugosa, gustosa, erótica -aunque desde un lugar muy pudoroso- y también muy de Dios", explica la directora que eligió el libro "El corazón disparado" para mostrar a una señora de su casa, que cocina y canta, "a quien le alcanza con tener buen sexo para poder barrer la casa en la mañana".
"Siesta" se convierte en la mejor excusa para dejarse conmover por las palabras y para reencontrarse con una actriz que potencia los decires ajenos hasta hacerlos propios. Paulina cose y emprende un viaje alrededor de esta mujer que, sin dejar el vestido que la ocupa, puede sonar natural cuando dice: "... soy de barro, soy loca, soy barroca/ me desmayo sólo de estar viva..."
Verónica Pagés (Suplemento Via Libre) La Nación.
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La Nación por Pablo Gorlero
No Avestruz es un sitio agradable. Es como la casa de alguien.
Más aún se vuelve la casa de alguien cuando uno entra en la sala y descubre que fue
modificada para esta puesta en escena. Se suprimieron algunas sillas por cómodos
almohadones y puffs. Es entrar en el mundo íntimo de alguien. Obviamente, de esa
chica de vestido blanco que está ahí, solita su alma, en un espacio escénico amplio, enorme, vacío...
Allí sentadita, sólo arregla su vestido larguísimo con una máquina de coser de juguete.
Todo comienza ahí, mientras habla, repite vocablos, al ritmo de ese artefacto.
La pasividad que tienen el ámbito y el personaje remite al título de la pieza.
Esta mujer de semblante melancólico, pero con un gesto de ingenua alegría y conformidad, abre sus pensamientos y su intimidad para desmenuzar su mundo sencillísimo.
A través de un texto basado en los poemas de la brasileña Adelia Prado, el personaje explora sus sentimientos, la fantasía, la pasión y el sexo a partir de una sumatoria:
el deseo más lo que podría ser, lo que es y lo que no fue.
Todo esto se logra a partir de una dramaturgia de belleza sutil que hilvanaron Sol Lebenfisz y Deby Wachtel con la traducción que Fernando Noy hizo de los poemas de la autora señalada.
Tanto la actriz, Paulina Rachid, como la directora, Deby Wachtel, ya habían tomado contacto con la poesía de Adelia Prado el año pasado, cuando participaron en el ciclo "Ocho mujeres".
La textualidad y la poética de la pieza tienen una sencillez que ni siquiera roza lo vulgar. En sus reflexiones sobre su vida, esta mujer se pregunta permanentemente y se responde a sí misma en forma negativa y positiva.
La directora nutrió esta poética de acciones permanentes que obligan a los textos a surgir espontáneamente. A su vez, esto hace que la actriz se sienta cómoda, liviana y segura. Pero siempre está unida con un
fragmento de su vestido a la máquina de coser. Esto implica que esta mujer, que celebra tanto como se desespera y suplica, sólo se ronde a sí misma y demuestre que su mundo es mucho más pequeño de lo que podría ser.
Ella espía por la ventana a su vecino. Lo ve comiendo, se lo imagina yendo al cine y se lo construye suyo. "¡Amame, hombre extraño!", dirá. Y, al caer, replicará complaciente consigo misma: "Me desmayo de estar viva".
Tanto en estas acciones como en la poética se reflejan también la ironía, el humor y cierto costado cursi. Y sí, en definitiva, el amor es cursi.
Wachtel conoce muy bien el texto y supo bien qué quería ver a través de él. Entre las posibilidades de accionar que le brindó a la actriz está la transformación de su vestido, tal vez de su vida. La joven escribe sobre sí misma, con plasticolas de colores, aquello que le atraviesa la sien: "Quiero amor, quiero comida, quiero esclavos", "Cornudos".
Buena actriz
Paulina Rachid es una intérprete exquisita. No necesita mucho porque demuestra ser una conocedora absoluta del manejo de la sutileza, del control. También trabaja la enfatización y sabe cómo darles sentido a los silencios. Asimismo, tiene un interesante dominio físico. En cuanto a la ambientación de Miguel Nigro y el vestuario de
Tramando son esenciales para los climas de este trabajo intimista.
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Crítica en Diario Página 12 (3 de julio de 2003)
El “tatami”, pensado como una necesidad del teatro Por Cecilia Hopkins -
En Japón llaman tatami a la colchoneta donde se ubican los espectadores en las salas tradicionales del teatro Noh.
También recibe el mismo nombre la superficie acolchada que amortigua las caídas en.
Pero las artes marciales. Tatami Teatro, el grupo que dirige Deby Wachtell –formado para la
puesta en escena de Pestañas como agujas, de Luz Pearson–, eligió su nombre por el segundo de los usos del tapete,
en razón de los golpes –del cuerpo y del alma– que los personajes se ocasionan mutuamente.
La obra cuenta una historia cotidiana pero con ribetes prodigiosos. Felizmente casados, Petunia y
Antonio practican un amor gimnástico, animal, pero, por un azar que no se busca comprender, la pareja se fractura de un
modo particular: él deja de amarla primero y unos minutos después a ella le sucede lo mismo. A pesar de tan asombrosa
sincronización, la decisión final no deja de resultar dolorosa para ambos cónyuges, tal vez porque la separación nunca
deja de encender el deseo de recobrar aquello que se considera propio, aunque sea algo tan irrecuperable como el tiempo
que se ha compartido con el otro.
Pestañas como agujas es una comedia que plantea su asunto en el tiempo real en que el conflicto se
resuelve en escena. Así, durante 45 minutos, la obra propone un juego de actuación singular: pautada hasta en los menores
detalles desde parámetros corporales (los actores ruedan por el piso, se tironean y se empujan hasta el cansancio), Paula
Rachid y Patricio Zanet exponen la historia de sus personajes a un ritmo veloz. Lo cual no quiere decir que no exista el
intercambio verbal entre ellos. En verdad, la verbalización de lo que les está sucediendo no es menos importante que el
discurso físico que la pareja despliega.
Inmediatamente después de la primera confesión del vacío afectivo, aparecen la culpa y el lamento de
lo que no fue y, a modo de inventario, los modos de actuar para recuperar al otro. Hasta que el odio se instala al punto de
convertirse en una competencia. El lenguaje con que los personajes intentan dirimir sus cuestiones no tiene nada en común con
el registro cotidiano. Sin amaneramientos, los personajes hacen suyo un texto bien provisto de recursos líricos, de modo que
las metáforas y comparaciones se van sucediendo en un discurso que suena premeditadamente recitativo.
Otra figura retórica que aparece es la enumeración: Antonio detalla todas las razones por las cuales él
–antes de que ocurriera, claro– no cedió al desamor a pesar de la rutina y ella, entre otras muchas cuestiones, contabiliza
todas las situaciones en las que la tristeza la invade. El recurso, tal vez, se repite en demasía y esta estructura acumulativa
del texto termina abrumando un tanto al espectador, a pesar de las imágenes que aporta.
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Crítica en Diario Buenos Aires Herald (20 de julio de 2003)
Theatregoers’ choice Love in a 45-minute countdown By María Victoria Eandi For the Herald. The
Tatami Teatro company are currently presenting their first production: Pestañas como agujas, a play written by Luz
Pearson and directed by Deby Wachtel, who also developed the idea.
The story is about a couple breaking up a two-year-long relationship in forty-five minutes.
What’s really interesting is the fact that the show, being played in real time, lasts exactly 45 minutes, creating
an uncanny feeling of “here and now.” After thinking it over for twenty minutes, Antonio (Patricio Zanet) realizes
he does not love Petunia (Paulina Rachid) anymore. This is where the conflict arises. As time goes by, the girl begins
to feel the same and wants her lost minutes back.
What we would get to hear in typical melodrama would be a long list of hackneyed reproaches and
accusations. But instead, what we find in Pestañas... is a very poetic and moving text, which, in spite of the sadness
of the whole situation, is not lacking in humour.
Another asset in this play is the way the actors work with their bodies. Their physicality does not
remain “locked” in realism. Their movements are telling a story too. We discover the characters’ desires and rejections,
not only through their words but also through their bodies. This happens, for example, when Petunia shows Antonio an
Arabian dance, in a very tragicomic manner, following the rhythm of her own weeping (Rachid’s performance is really outstanding).
The action is full of tumbling, pushing and shaking. In short, love as a battlefield — but seduction here is considered
as a weapon too.
This idea is very close to the name of the company, Tatami, a floor-carpet that works as a “shock absorber”
in another kind of struggle: martial arts. For this group of artists their theatre productions fulfill the same purpose: to
soften their own falls and let them continue their creative process.
Besides, the play underlines the intimate connection between love and time, skilfully blended in Antonio’s
remark: “I loved each one of your eyelashes, I counted them as seconds: you have 153 beautiful sharp-pointed eyelashes like the
hands on a clock.” Pestañas... is a truly original look at love and coming apart. It demonstrates how, in the 21st. century,
there are still many different ways to tell this story. (At El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, every Sunday at 7pm).
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Diario La Nación, por Alejandro Cruz (julio 2003)
La pareja frente a la desaparición del amor. por Alejandro Cruz "Pestañas con agujas",
sobre una idea de Deby Watchel y con dramaturgia de Luz Pearson. Con Paulina Rachid y Patricio Zanet. Escenografía:
Marcelo Valiente. Iluminación: Leandro Pérez. Vestuario: Compañía Tatami Teatro. Dirección: Deby Watchel. En El
Camarín de las Musas (Mario Bravo 960). Funciones los domingos, a las 19. Duración: 45 minutos.
"No te amo más", dice él, Antonio, ante la mirada absorta de ella, Petunia, que internamente intenta
ordenar el caos. Un caos que, a lo largo de los 45 minutos que dura la obra, recorre en tiempo real las intrincadas
vueltas que tiene el amor (o la increíble fuga del amor).
"Hace 20 minutos -agrega Antonio a los pocos minutos de haber comenzado «Pestañas como agujas»,
el espectáculo en cuestión- dejé de amarte." Pero desde el momento en el que él anuncia la nueva, pasaron 10 minutos.
"Necesito que me des esos 30 minutos de diferencia en los que te seguí queriendo sin que me ames",reclama ella.
El tono de reclamo invade la escena y se transforma en el organizador de una angustia de enorme
fuerza poética y toques de humor con dramaturgia de Luz Pearson sobre una idea de Deby Wachtel (directora del trabajo).
En lo que se refiere a la traducción escénica de ese texto, la directora puso a los dos actores desplegando un trabajo
basado en la energía física casi lindante con las comedias de tropezones, golpes y ruidos de cuerpos que caen sobre un
tatami, especie de colchoneta usada en las artes marciales para amortiguar los golpes.
De alguna manera, los ruidos de esos cuerpos en fricción o chocándose contra el piso intentan convertirse
en otro nivel de relato de ese intento de despedida entre dos seres profundamente frágiles. El planteo de la obra es sumamente
interesante aunque, quizás, el discurso físico termine quitándole fuerza poética a ese bellísimo texto plagado de imágenes.
Probablemente no se haya encontrando el código escénico adecuado para que los dos niveles de relato logren una íntima conexión.
Actoralmente, el trabajo protagonizado por Paulina Rachid y Patricio Zanet es sumamente compacto (aunque, por
su presencia escénica, merece destacarse el trabajo de Rachid). De todos modos, los dos intérpretes están lanzados a la consigna
de la directora, a ese juego físico que casi no les da respiro. Es más, en la escena en la que se tiran con unas bolitas
logran una perfecta síntesis entre el código de puesta y la poética del texto.
"Pestañas con agujas" transcurre en un escenario despojado sin intervenciones sonoras grabadas ni cambios
de luces significativos. En escena está apenas el tatami y una silla en el centro de la habitación como si se tratara de un
ring side. Todo es tan escueto y directo como la misma afirmación de Antonio diciendo "no te amo más". Todo es tan escueto y
directo como la afirmación final de Petunia diciendo "no te estás yendo". Porque, en definitiva, después de 45 minutos,
no está dicha la última palabra.
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Crítica en Portal Infocultural(julio 2003)
Cuando en tiempo real todo es eternamente largo - Sobre la idea de contar una historia de amor
(de Deby Wachtel), aparece una historia de pareja y el momento trágico en que Antonio dice "ya no te quiero más".
Dos personajes jóvenes que cargan con 2 años de convivencia, repasan la cotidianeidad de sus vidas a partir del minuto
"0" en que ya no son más "nosotros".
La dramaturgia de Luz Pearson, propone dos lenguajes que se van intercalando, un habla cotidiana y
un lenguaje poético que refuerza la particular forma de comunicación que sostiene esta pareja. Esta construcción textual,
juega de un modo muy efectivo sobre el tiempo. El tiempo "0", en el instante en que Antonio le dice a Petunia que no la
quiere más, los 20' que llevan hablando sobre esto y el minuto 30' en que Petunia también deja de amarlo. Pero ya pasaron
40' desde que él dejó de amarla y ella solo lleva 10', por lo tanto, le reclama los 30' de amor que pasaron y que ella le
dio cuando él ya había dejado de amarla.
Antonio le dice que no sabe donde están, que los perdió. "Buscá" dice Petunia, "no puede ser que tanto
amor lo hayas perdido". Una de las cosas más interesante de la propuesta, es desde donde se toma esta historia tan simple y
compleja a la vez. La compania Tatami teatro, consigue correrse de los estereotipos de forma muy sutil, aprovechando esos
momentos melodramáticos propios de una separación para cargarlos de humor; como cuando Petunia explica a modo de listado,
cuando llora: "lloro cuando espero ..., lloro cuando bailo árabe ..., lloro cuando los semáforos no andan." Este acto de
llorar, tan femenino, a través del juego, del artificio teatral, se corre del dramatismo/fatalismo que suele cargar en
cualquier separación. Otra elección destacable es la representación masculina que buscan, un hombre que reflexiona sobre
su des-amor, que se sensibiliza, que llora e incluso es acunado por Petunia como un bebé.
La propuesta se centra claramente en la dualidad amor/des-amor sin caer en la representación previsible
del hombre que deja a la mujer por otra mujer. Este no es el caso y justamente es esa contradicción masculina, la que conduce
la historia. Un TATAMI, dice la compania, es un tapete que amortigua los golpes en las artes marciales, y sin dudas, el
entrenamiento de estos dos actores se hizo sobre un tatami. Dos cuerpos en escena, con pijama y camisón, que con la técnica de
caída y recuperación, se abrazan y repelen, caen y se levantan, se buscan y la caricia se transforma en golpe por torpeza, por
error, por intención.
Las gestualidades de ambos actores, se transforman en un abrir y cerrar de ojos y consiguen trasladar ese
juego a los espectadores, que entran y salen de diferentes estados: la risa cómplice que se identifica con algún reclamo de
pareja, la tristeza y dolor de saberse ya no amado, la angustia de saberse provocador de un gran dolor y la certeza de lo
necesario. La ductilidad de las actuaciones muy niveladas entre sí, la combinación textual entre cotidiano y poético y los
juegos escénicos y coreográficospautados por la dirección logran un espectáculo completo. Deby Wachtel, encuentra desde la
dirección, juegos metafóricos de gran efectividad, como la guerra con pequeñas pelotitas de telgopor, que los actores escupen unos sobre otros, o el poder
visual de una valija roja y el recorrido que da en el espacio.
La escenografía, de Marcelo Valiente, aporta síntesis visual con paredes blancas recortadas geométricamente
en el espacio y una puerta blanca que deja al descubierto su marco negro,
evidenciando el artificio teatral de la misma forma que lo hace toda la propuesta. Uno y otro, estos personajes, en distintos
tiempos, han dejado de amarse. Mientras Petunia dice "no te estas yendo", resuena en los espectadores como si dijera
"ya te has ido".-
Marina García Barros Actriz - Investigadora Teatral marinagb@infocultural.com Volver
Revista VEINTITRES (junio 2003)
Te amo, te odio, dame más Por M.M. - Los últimos 45 minutos de vida de una pareja pueden ser los más
interesantes, al menos para ver de afuera: una vez que uno pronuncia la fórmula destructora (“no te amo más”), el campo
está abierto para las estrategias más ridículas y chantajistas que alguien pueda desarrollar. Con un enfoque femenino,
la obra pone en escena una situación típica con recursos novedosos: escenografía de líneas rectas, monólogos desopilantes
y una disputa que se resuelve por el contacto corporal.
Con el parquet de un living convertido en tatami, Petunia y Antonio se dedican a pasarse facturas revisadas
con minuciosidad, donde un minuto equivale a tres sonrisas y el tiempo invertido queda en la columna de las deudas.
La irracionalidad que guía al enamoramiento, pero sobre todo a su fin, expuesta para la risa en esta comedia pop.
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El Muro Cultural. (mayo 2003) Por Daniel Mojica.
Es poco frecuente asistir a una obra de teatro, en donde la poesía fluya desde las palabras, las acciones
y los cuerpos de los protagonistas. Como actor y como autor, sé lo difícil que es el encuentro de ese mágico equilibrio que
armonice el texto con el tiempo corporal interno de los actores y que se exprese a través del propio tiempo y de los movimientos,
gestos, palabras y silencios de los personajes. Esta es la música de la que habla la directora en la gacetilla de prensa,
desde aquí le digo que se escucha.
"Pestañas..." relata el punto de ruptura en el amor de una pareja. Ese maldito destiempo que desgarra
corazones, cuando el que ama no recibe la misma respuesta. Además Antonio tiene la valentía de decirle a Petunia el cambio
que se ha producido en sus sentimientos, casi en el preciso instante en el que se produce. Esta circusnstancia, la de inscribir
la historia entre Antonio y Petunia en el tiempo real de la duración de la función, es todo un desafío, y a la vez un logro.
Porque le da credibilidad a lo que se ve y se siente sobre el escenario. Que es lo que los espectadores necesitamos percibir para meternos de lleno en esa realidad, que
ficcionan los protagonistas.
Hay sensaciones, sentimientos, movimientos del alma que son indescifrables para quien no los experimenta;
y para quien los vive, resulta engorroso traducir con las palabras justas que hagan entendible al prójimo, ese íntimo acontecer. Sobre esto han trabajado
los integrantes del equipo TATAMI TEATRO logrando que los protagonistas salgan a escena con los instrumentos necesarios para
que el público no quede fuera del código de esta pareja.
Puedo hablar de dos momentos comunicacionales entre Antonio y Petunia, el primero de ellos transcurre
mientras aún se aman y sus códigos de lenguaje no necesitan traducción entre ellos; el segundo momento aparece luego de
la ruptura, allí se quiebra ese código y un nuevo lenguaje se instala entre ellos.
Quiero destacar que los picos de tensión dramática, coinciden con los momentos de mayor poesía de la obra. No es casualidad.
No quiero pasar por alto un detalle, que en mi opinión tiene que ver con lo que menciono en la primera línea
de esta crónica. Hay algunos momentos en que el público reacciona con risas, ante circunstancias que viven los personajes
expresando como pueden las sensaciones que los invaden en ese instante. Esas risas las he sentido como una especie de defensa
ante los propios abismos, que nos permite vislumbrar la vital fuerza poética de esta excelente obra. Voy a esperar con muchas
ganas el próximo estreno de este talentoso equipo de trabajo. EXCELENTE
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Crítica Diario INFOBAE (3 de junio de 2003)
Pestañas como agujas: el fin de un amor en tiempo de descuento. Por Oscar Muñoz - La obra
teatral escrita por Luz Pearson muestra los últimos instantes de una pareja cuyos miembros han dejado de amarse a destiempo.
¿Por qué dejamos de amar? Pestañas como agujas no pretende responder a este interrogante retórico con ninguna
improbable respuesta. En cambio, presenta, en tiempo real, los últimos cuarenta y cinco minutos de relación de una pareja que deja de serlo.
El deja de querer primero. Ella, después. Y como en un reparto de bienes, discuten por los minutos de amor unilateral
que quedaron en un y otra revelación. Como si despertaran de un sueño de seducción y deseo y se enfrentaran a una nueva
realidad.
“Si hubieras llorado hace veinte minutos, me hubiera interesado”, confiesa Antonio. “Yo lloro cuando
quiero”, se ataja Petunia. El conflicto, entonces, pasa por la diferencia de tiempo, el lapso “prudencial” que se toma Antonio
para estar seguro de sus sentimientos. Contra la ignorancia de la que ya no era querida, a pesar de seguir queriendo.
El universo de Pestañas… es cerrado, mínimo, bipolar. No hay referencias externas. Todo transcurre en un
ambiente prototípico de pareja moderna, sin hijos, sin parientes, casi sin mobiliario. Sin embargo, el lenguaje de la obra
escrita por Luz Pearson dista de ser cotidiano y más bien parece un diálogo de sordos, pero de sordos por debilidad por la
elocuencia, a veces desmedida.
Cuando el clima coquetea con el humor, tampoco deja mucha tela para cortar en relación a la risa.
La historia que cuenta Pestañas… a partir del momento en que Antonio dice su verdad a Petunia y ésta se rebela contra su
decisión que la condena al rol de abandonada, no remite al costumbrismo no a la teleserie adulta. Enseguida, abandona su
impronta realista para sumergirse en un feedback que mezcla ingredientes poéticos y lúdicos,
acentuados por el despliegue expresivo de los cuerpos.
En un trabajo que fue construyéndose por etapas, la idea original de la directora Deby Wachtel pasó por
la estructuración a cargo de la autora. Pearson tardó en “encontrar” a Antonio y Petunia, y eso se refleja en la identidad de
los personajes, definida más por sus roles que por personalidad propia. En esa vertiente, Patricio Zanet y Paulina Rachid aportan
sus recursos corporales a un texto que discurre con libertad, sin llevar la historia por un crescendo que resultaría más lógico pero también más
previsible. ¿Por qué dejamos de amar? Pestañas… no puede responder en forma empírica la pregunta. En cambio, propone una vía
alternativa para indagar sobre el conflicto de pareja.
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Cadaver Exquisito (Julio-Agosto 2003)
Reloj no marques las horas. El Camarín de las Musas ofrece una obra inundada de retazos
de cotidianeidad que logra ubicar al espectador dentro de un espacio que termina por volverse propio.
Pestañas como Agujas es la síntesis de una relación que ama y desama, y en ese trance se muestra la
interioridad de un hombre y una mujer que ya no saben cómo seguir o cómo dejarse ir. Destacado desempeño actoral y una
textualidad dramática muy bien lograda que producen una obra de teatro independiente llena de ritmo vital. Por Lia Sabrina
Noguera
Dicen que los tiempos apremian hoy en día, que uno vive a diez mil por hora y cada minuto perdido es una
pequeña riqueza que se nos escapa de las manos. Las horas mal gastadas se vuelven irrecuperables, pero el tiempo bien implementado
es una gloria que nada, ni nadie, nos puede quitar. Porque el sabor del placer que se siente, luego de haber invertido el
tiempo en algo que verdaderamente lo vale, no tiene igual.
La obra de teatro Pestañas como Agujas dramatiza esta problemática de manera ideal, ya que en un tiempo
real de cuarenta y cinco minutos los personajes logran brindarnos, con suma intensidad, los últimos momentos de su amor.
Aquello que pone en escena esta obra dirigida por Deby Wachtel e interpretada por Paulina Rauchid (Petunia) y Patricio Zanet
(Antonio) es la del tiempo de un amor.
Los personajes son cuerpos que luchan, tanto en su pasión como en su desamor y el escenario se vuelve un
campo de batalla que, con un modo circense, articula los enfrentamientos de esta pareja. La historia de la obra es simple:
Antonio deja de amar a Petunia, decide abandonarla pero no puede marcharse, ella luego de varios intentos de retenerlo se
da cuenta que ella también ha dejado de amarlo. Entre tanto, lo que se pone en juego es el tiempo que cada uno ha dado al
otro, en qué momentos se amaron, cuántos minutos se amaron y la cantidad de minutos en los cuales ya no se amaron.
Los diálogos que se llevan adelante en esta lucha se tornan tragicómicos, dejando la comicidad en los
parlamentos de Antonio y el lado trágico del amor en Petunia. Sin embargo, la simplicidad de la historia no impide que se
produzca un efecto de extrañeza ante los espectadores, quienes atiborrados de palabras, sonidos y de gestos no pueden
desprenderse de la temporalidad que también persigue a Petunia y a Antonio.
Tanto actores como espectadores se sienten perseguidos por el reloj que acorrala explícitamente a los
sujetos de la acción, ya que éste es el que pondrá fin, tanto a la relación de esta pareja como también a la obra. Es sumamente
destacable la potencia con la cual se manejan los cuerpos y las palabras de estos dos personajes, la interacción entre ellos
no llega a desacelerarse en ninguno de los cuarenta y cinco minutos que dura la obra, sino por el contrario, la relación
interpersonal lograda entre los actores hace que el final sea abrupto y que el espectador se quede con ganas de ver más.
Así, Pestañas como Agujas logra dramatizar la pasión y el desamor del hombre actual, que enfrentado ante
las agujas de un reloj que nunca se detiene, intenta hacer coincidir sus minutos y segundos con aquella persona que ama. Si
en algún momento esas agujas lograron coincidir con la persona amada, esta obra muestra cómo el tiempo real y el tiempo de un
amor cambian, impidiendo así que esos cuerpos vuelvan a permanecer en una misma espacialidad.
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Crítica en Portal www.utopos.org
Pestañas como agujas: Cuando en tiempo real todo es eternamente largo Por Marina García Barros
Sobre la idea de contar una historia de amor (de Deby Wachtel), aparece una historia de pareja y el momento
trágico en que Antonio dice "ya no te quiero más". Dos personajes jóvenes que cargan con 2 años de convivencia, repasan la
cotidianeidad de sus vidas a partir del minuto "0" en que ya no son mas "nosotros".
La dramaturgia de Luz Pearson, propone dos lenguajes que se van intercalando, un habla cotidiana y un
lenguaje poético que refuerza la particular forma de comunicación que sostiene esta pareja. Esta construcción textual, juega
de un modo muy efectivo sobre el tiempo. El tiempo "0", en el instante en que Antonio le dice a
Petunia que no la quiere más, los 20' que llevan hablando sobre esto y el minuto 30' en que Petunia también deja de amarlo.
Pero ya pasaron 40' desde que él dejó de amarla y ella solo lleva 10', por lo tanto, le reclama los 30' de amor que pasaron y
que ella le dio cuando él ya había dejado de amarla.
Antonio le dice que no sabe donde están, que los perdió. "Buscá" dice Petunia, "no puede ser que tanto amor
lo hayas perdido". Una de las cosas más interesante de la propuesta, es desde donde se toma esta historia tan simple y compleja
a la vez. La compañía Tatami teatro, consigue correrse de los estereotipos de forma muy sutil, aprovechando esos momentos
melodramáticos propios de una separación para cargarlos de humor; como cuando Petunia explica a modo de listado, cuando llora:
"lloro cuando espero ..., lloro cuando bailo árabe ..., lloro cuando los semáforos no andan."
Este acto de llorar, tan femenino, a través del juego, del artificio teatral, se corre del dramatismo /
fatalismo que suele cargar en cualquier separación. Otra elección destacable es la representación masculina que buscan, un
hombre que reflexiona sobre su des-amor, que se sensibiliza, que llora e incluso es acunado por Petunia como un bebé. La
propuesta se centra claramente en la dualidad amor/des-amor sin caer en la representación previsible del hombre que deja a
la mujer por otra mujer. Este no es el caso y justamente es esa contradicción masculina, la que conduce la historia.
Un TATAMI, dice la compañía, es un tapete que amortigua los golpes en las artes marciales, y sin dudas, el
entrenamiento de estos dos actores se hizo sobre un tatami. Dos cuerpos en escena, con pijama y camisón, que con la técnica de
caída y recuperación, se abrazan y repelen, caen y se levantan, se buscan y la caricia se transforma en golpe por torpeza, por
error, por intención. Las gestualidades de ambos actores, se transforman en un abrir y cerrar de ojos y consiguen trasladar
ese juego a los espectadores, que entran y salen de diferentes estados: la risa cómplice que se identifica con algún reclamo
de pareja, la tristeza y dolor de saberse ya no amado, la angustia de saberse provocador de un gran dolor y la certeza de lo
necesario.
La ductilidad de las actuaciones muy niveladas entre sí, la combinación textual entre cotidiano y poético y
los juegos escénicos y coreográficos pautados por la dirección logran un espectáculo completo. Deby Wachtel, encuentra desde la
dirección, juegos metafóricos de gran efectividad, como la guerra con pequeñas pelotitas de telgopor, que los actores escupen
unos sobre otros, o el poder visual de una valija roja y el recorrido que da en el espacio. La escenografía, de Marcelo
Valiente, aporta síntesis visual con paredes blancas recortadas geométricamente en el
espacio y una puerta blanca que deja al descubierto su marco negro, evidenciando el artificio teatral de la misma forma que
lo hace toda la propuesta.
Uno y otro, estos personajes, en distintos tiempos, han dejado de amarse. Mientras Petunia dice "no
te estas yendo", resuena en los espectadores como si dijera "ya te has ido".
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La Nación: PESTAÑAS Por Verónica Pagés
Una mañana Deby Wachtel se levantó con la idea de trabajar sobre una historia de amor que termina. Pero en
lugar de que el motor de discusión se basara en qué discos se lleva uno y cuáles el otro, las negociaciones y los canjes los
imaginó en relación con el tiempo. Ella sentía que ese espacio temporal en el que “te seguí amando sin ser amada” era un motín
demasiado difícil de entregar; quizá más difícil que resignar la colección de Miles Davis. Y el tiempo empezó a jugar un papel
fundamental en Pestañas como agujas, la primera pieza del Grupo Tatami que desde hace más de un mes llena El Camarín de las
Musas.
Ahí están Antonio y Petunia dejándose de amar y reclamándose cariños robados en tiempo real. Así de pequeña
es la historia que imaginó Deby Wachtel, escribió Luz Pearson y cuentan Patricio Zanet y Paulina Rachid. Pequeña, intensa,
dolorosa, pero también risueña (una veta que la directora, y docente de la escuela de teatro de Norman Briski conoce muy bien,
pero dejó un pelín de lado adrede). “Les propuse investigar esto del tiempo y del amor; pero nunca planteado de ese modo,
muchas veces me faltan las palabras. Mi proceso de creación no es lineal, ni dulce, ni prolijo. Entro en unos bretes
existenciales que me matan, pero ya es mi forma de dirigir”, resume Wachtel.
El caos llegó a su punto máximo cuando el texto (estaba empeñada en escribirlo ella misma) se convirtió en
“una bola inmanejable”. Ahí el destino la cruzó con Luz Pearson, que le tuvo la paciencia que Deby necesitaba para soltarle de
a poco sus ideas sobre esta pareja que, paradójicamente, en el momento de la despedida habla del amor de tal forma que desde
la platea se descree del anunciado, inexorable y contundente final. Una puesta limpia y despojada que deja en primer plano los
cuerpos y sus sonidos. Un placer.
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Nota en PÁGINA 12 (23 de mayo de 2003)
Teatro: Todo tiene un final.Para quienes están dispuestos a aceptar lo inevitable, el grupo Tatami
Teatro presenta una obra distinta sobre la separación de una pareja que no termina de resignarse a que el amor también tiene un
final. por Sonia Santoro
¿Quién no ha amado alguna vez? ¿Hay alguien que todavía no se haya separado? ¿Y qué pasa exactamente cuando
el amor pronuncia la temida frase: “Ya no te amo más”? Pestañas como agujas se propone contar los detalles de la separación
entre Antonio y Petunia, dos personas que se dejan de querer a destiempo. Con esta obra, Tatami Teatro se presenta en sociedad
los domingos en El Camarín de las Musas. El 24 de mayo a las 21, Página/12 dará una función gratuita para los lectores.
Durante dos años, Luz Pearson (autora), Deby Wachtel (directora), Paulina Rachid (actriz) y Patricio Zanet
(actor) improvisaron, escribieron y ensayaron hasta que llegaron al punto exacto de los Petunia y Antonio que querían y al mundo
que esa pareja había construido para sí. Seguramente no hay tema más trillado que el amor. Pero la abrumadora mayoría femenina del
grupo ha tenido sus influencias, queridas o no, en la construcción de este primer hijo. Pestañas... es una buena muestra de
cómo hablar de amor sin rozar lugares comunes ni estereotipos.
Petunia llora hasta cuando practica danzas árabes. ¿El sufrimiento es patrimonio femenino? Paulina Rachid:
–Siempre lloramos, por ahí estamos súper contentas y se nos caen las lágrimas. Llorar es femenino. Luz Pearson: –Quizás Pestañas...
lo que hace es abrir un mundo interno de lo femenino que los hombres quizás no se imaginan. Porque tiene que ver mucho por dónde
le vibra a la mujer, no pasa por el “pagame las expensas”, algo superficial, sino por algo que subyace a eso. –Petunia reclama
insistentemente que le devuelva los minutos de más en que ella lo amó sin ser amada. Esto también es femenino.
L.P.: –La situación de “no lo soporto” es: no soporto que no me quieras aunque yo tampoco te quiero. El ego y
también el dolor de dejar de ser querido por alguien. Eso era para mí el dolor Petunia, aunque después ella también se da cuenta
de que algo no va, pero que él no la quiera es insoportable. Además, la situación de separación permite que las personas estén en
un extremo. Ya no tienen nada que perder, se van a separar. Entonces se pueden permitir mostrarse todo.
Paulina Rachid fue la última en incorporarse al grupo. Fue elegida por un casting. ¿Por qué ella? ¿Por qué esta
pelirroja voluptuosa que destella curvas hasta en el pelo y se mueve con una libertad corporal envidiable? “Había una necesidad
importante que tuviera cierto manejo del cuerpo, que muchas mujeres no lo tienen, sobre todo la inconciencia; Paulina empezó a
revolearse con tranquilidad, Deby pide cosas imposibles”, cuenta Pearson.
Esos cuerpos que se chocan y caen al piso una y otra vez no funcionan como un adorno estético. “Empieza a haber
un desajuste temporal, ya no van juntos, eso es el trabajo del cuerpo, las caídas y todo eso, son para expresar físicamente ese
desajuste que ya empieza a haber y luego se concreta. Primero se abren físicamente”, explica Watchel.
En nuestra sociedad, el cuerpo parece muerto, todo pasa por la cabeza. La obra rompe con eso. Deby Wachtel:
–Sí, en esta sociedad el cuerpo está totalmente defenestrado.Tenés que ser de determinada manera y comportarte con el cuerpo de
determinada manera, si no, no te sentís bien. Yo disfruto de esecuerpo rollizo (el de Petunia), de esa personalidad en ese cuerpo.
De ese movimiento, su identidad personal. Para mí no pasa por gordo o flaco, veo un cuerpo, una belleza en sí misma, no
un estereotipo de cuerpo.
Vos dirigís obras de chicos. ¿Hay un punto de encuentro entre el teatro infantil y éste? D.W.: –Ideológicamente
creo en la actuación como un juego. Me aburre tanta intelectualidad, tanta justificación para una acción. Creo en la acción como
motivador de cambio, como transformador, y después, a partir de ahí, empezar a encontrarle sentido. Los chicos tienen esa
espontaneidad.
Pestañas... habla del amor y no es trágica, tiene un humor... raro. L.P.: –Tiene que ver con la identificación.
Te reís porque estuviste ahí, aunque no sea con esas palabras. Si te lo dicen con el lugar común, ya lo escuchaste; en cambio,
si te dicen: “Caminé por tu espalda de caminata lunar...”, tiene otro humor.
Tatami es la colchoneta que se usa en las artes marciales para amortiguar los golpes. Es la que usó el grupo
para amortiguar las caídas desacompasadas de los actores. Y la que, como metáfora, funciona amortiguando los tropiezos y caídas
de Tatami Teatro para impulsarlo hacia adelante.
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