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Palabras del público de
Siesta
Pajaritos en la cabeza (y cardúmenes en el vientre…)
por María Florencia Heredia
¿Cómo transitar orgánicamente la poesía? ¿Cómo operar la difícil
transposición de un texto poético al escénico, sin verse atrapado por las
fatales garras de la solemnidad? ¿Cómo afrontarlo rescatando ese margen
vivificante, musical, rítmico que, en los traslados de un soporte a otro,
suele extraviarse? Deby Watchel logra hacerlo admirablemente en Siesta,
pieza construida sobre textos de Corazón disparado de Adelia Prado, que se
lleva a cabo en el marco del ciclo Ocho Mujeres (poesía y teatro),
presentado en No Avestruz.
Cuidándose muy bien de avanzar sobre la estéril tarea de “ilustrar” los
textos de la poetisa brasilera, y hallando el espesor dramático y metafórico
de esas palabras por fuera de las previsibles literalidades, la directora
captura el exacto tono –a un tiempo, existencial y cotidiano- del discurrir
de Prado; homologa lúdicamente ambos niveles y los sitúa en el reposo de la
hora de la siesta.
La elección no es casual: tiempo de sutil detención del orden de las cosas,
de claridad y ensueño, esas silenciosas horas vespertinas han sido desde
siempre el espacio escogido por las mujeres de su casa para “avanzar” sobre
las tareas postergadas por los quehaceres domésticos.
Deby Watchel entiende que la siesta puede tener además otro destino. Así, la
toma, la transita y la hace estallar por dentro. Ironizando sobre el rol
tradicionalmente asignado a lo femenino, la mujer anónima de esta pieza se
encuentra a tal punto confinada a esa anodina cotidianeidad, que su falda
está literalmente ligada a la máquina de coser. Pero el género es largo, y
la dama gusta de hacer poesía. La atadura pierde su funcionalidad si está
puesta a retener a quien encuentra belleza en coleccionar las bolitas que
resultan de humedecer con saliva los hilos de colores.
Siesta aparece como un rito solitario, suave, acaso doloroso. Excusa para
hurgar en la intimidad de una mujer cualquiera (increíblemente singular y,
paradójicamente, tan parecida a todas…), atravesada por la necesidad del
amor, que en su universo simple adquiere, lógicamente, la forma de un
“novio”, ya sea éste un fantasma romántico o un perfecto desconocido.
Como una Penélope contemporánea, ella cose a la espera de un hombre sin
rostro. Pero a diferencia de la esposa de Ulises, lo hace desde la
impaciencia, sabiendo que no hay tiempo que perder, que el cuerpo es una
fiesta y que amar es algo urgente. Este tratamiento de lo amoroso sin
mayúsculas, concebido desde la materialidad de lo corporal, se encuentra sin
embargo lejos de la desmesura de una bacanal dionisíaca. Se propone con un
tinte manso, conciente, en un ajustado contrapunto con las palabras etéreas
de la poesía de Prado. Así, los imperativos hormonales se convierten en
cardúmenes de peces azules en el vientre…
Deby Watchel ideó un espacio claro, antinaturalista y despojado para
escenificar la vigorosa interioridad de la protagonista. Una máquina de
coser y un módulo de tres escalones, le bastaron para sintetizar los dos
universos entre los que oscila el texto poético. Precisos símbolos de lo
cotidiano y lo trascendente, el tránsito de uno a otro se manifiesta con una
naturalidad conmovedora. Igualmente fluído resulta el recurso de la mutación
del signo escénico, que en esta puesta se estructura en torno a las
múltiples funciones asignadas al vestuario de la actriz.
La vasta pollera resulta un lazo indisoluble con un mundo heredado, pero
también una pantalla en blanco sobre la que pueden dibujarse anhelos
secretos; es un velo apto para cubrirse el cabello en la liturgia sumisa del
rezo, y exactamente lo contrario al transformarse en un vestido sensual,
transparente, susceptible de ser levantado desafiando con irreverencia los
mandatos de las señoras bien.
La indudable sensibilidad de la directora, encontró en la actriz Paulina
Rachid su correspondencia más acabada. La dupla había ya trabajado en ese
otro acierto que fue Pestañas como agujas, y quienes en aquella oportunidad
quedaron hechizados por la pregnancia escénica de la protagonista, tienen en
Siesta la posibilidad de ratificar lo que ya entonces aparecía como
innegable: Paulina Rachid es una actriz inmensa. Capaz de dotar de magia
cada palabra que pronuncia y de espesor de sentido cada silencio, la actriz
abandona confiada el énfasis, para dejar terreno a la intensidad. Fresca y
profunda a la vez, combina su voz joven con un manejo corporal admirable.
Paulina Rachid domina, subyuga a un espectador siempre indefenso ante los
múltiples matices que adquieren sus vericuetos emocionales. Arco inagotable
de registros escénicos, puede revolcarse, desesperarse, correr por el
escenario y adentrarse poco después en la contemplación detenida,
melancólica, de su rostro en un espejo.
Puede llorar por el tiempo perdido y, súbitamente, renovar la esperanza.
Puede mostrarse feroz increpando a Dios por un amor que no llega, pícara
ante el recuerdo de los consejos de su madre, erótica y desenfadada cuando
su cuerpo demanda el encuentro con un hombre, aniñada en sus juegos con
plasticolas de colores. A tal punto se apropia de la poesía de Prado, que se
convierte ella misma en poesía.
Siesta rompe con la pátina aguada, cansina, de los domingos, proponiendo un
recorrido dulce por el alma femenina. Indispensable para quienes buscan
desmitificar los textos poéticos, hacerlos carne y sangrar por y a través de
ellos.
Florencia Heredia nació en Buenos Aires. Es Licenciada en Artes, egresada de
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es
adscripta en la cátedra de Historia del Teatro Argentino y Latinoamericano,
de la carrera de Artes, de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Se
desempeña como investigadora del GETEA (Grupo de Estudios de Teatro
Argentino e Iberoamericano) del Instituto de Historia del Arte de la
Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Ha participado en calidad de
organizadora y expositora de congresos y jornadas de investigación teatral.
Actualmente se halla realizando seminarios de posgrado en la Maestría de
Teatro Argentino y Latinoamericano de la misma Facultad. Ha publicado
diversas críticas teatrales, fichas de cátedra, y artículos sobre el teatro
argentino actual. En 2004 obtuvo una beca de formación de la Agencia de
Ciencia y Técnica de la Nación para el estudio de la historia del actor
argentino desde la colonia a la actualidad.
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